Recuérdame – Obra2018-11-05T18:36:43+00:00

Recuérdame

(Una habitación. Tres mujeres. Las tres absortas en su propio pensamiento, sin prestar atención a las demás. Dos de ellas están sentadas. La tercera, al fondo, tumbada en un sofá, con las piernas hacia arriba y la cabeza colgando, se peina lentamente con un gran cepillo. Sobre una mesa colocada en el centro hay tazas de té y restos de comida. Suena El lamento de Dido)

Primera mujer: Me quedé estéril el día que mi hermana dio a luz. Yo tenía once años. Durante nueve meses estuvo gestando una vida en su vientre y no dijo nada. Se lo calló. Estuvo aguantando nueve meses un bebé que llevaba dentro y no dijo nada. En mi casa nadie lo sabía. No se le notaba. Nos enteramos el mismo día que dio a luz. “Mamá, he roto aguas”. Es lo único que dijo. Y salieron corriendo al hospital. Yo me quedé sola en mi casa.  No entendía lo que estaba pasando. Lo único que recuerdo es que cuando volvieron yo estaba en la calle esperando y mi padre se bajó del taxi y me dio un abrazo muy fuerte. Me dijo: “Por favor no me hagas esto nunca”. Yo tenía once años, no sabía a qué se refería. ¿A tener hijos?… Así lo interpreté. Y ese día, con once años, me quedé estéril.

Segunda mujer: Estoy sentada delante de ti y no acierto a construir una imagen coherente de tu perfil. Esculpo en mi conciencia las aristas, pero la materia de la que estás hecho aquí adentro se reduce vertiginosamente y yo no acierto a perfilarte bien. Se me escapa tu silueta. Ya no esculpo a martillazos, con todo el cuerpo, como al principio: dejé el martillo para coger el cuchillo y dejé el cuchillo para coger la aguja de coser. Ahora dejo la aguja y soplo un poco, aquí y allí, antes de que te me desvanezcas del todo. A veces la calma es tan violenta…

(Cesa la música. Cambio de ambiente)

Segunda mujer: (Cortante) Sí. Es muy emocionante ese momento en el que la vida nos entrega una de esas vivencias en las que se produce una escisión temporal. Un antes y un después. ¿Porque fue eso lo que te pasó a ti, verdad? (Coge una manzana y la devora compulsivamente).

Tercera mujer: (Sin cambiar de postura) Un hecho así carece de relevancia. Si no hay una muerte de por medio no puede producirse una verdadera brecha en el tiempo.

Segunda mujer: ¿Y por qué no? La trascendencia de un acontecimiento depende de la subjetividad de la persona que lo vive. Un mismo hecho puede resultar insignificante para una persona y, en otra, dar pie a una idea genial, a una depresión… ¡a un suicidio!

Tercera mujer: (Se incorpora) ¡Fantástico! ¡Grandioso! El suicidio es justamente el gran enigma de nuestro tiempo. ¿Qué lo provoca? No es sólo el cúmulo de vivencias insoportables, es el momento en el que cualquier suceso insignificante llega a pesar más que la vida misma. En resumen, cualquier estupidez lo provoca (vuelve a la posición original).

Segunda mujer: (Seria y pensativa) Gran idea. (A Primera mujer) ¿Es tu vida soportable?

Primera mujer: Sí. Eso creo. Vivo sin más, aunque es cierto que ya no siento nada.

Tercera mujer: (Indiferente y divertida) Tranquila, ése es el sino de gran parte de los adultos de nuestro tiempo. Ya sabes, durante la infancia vivimos, y después… sobrevivimos.

Segunda mujer: Sí, eso está muy bien, pero yo quiero saber más. ¿Te quedaste estéril de verdad?

Primera mujer: ¡Si me dejaras terminar te habría contado toda la historia! (Vuelve al estado emotivo con el que comenzó) Un día me fui al médico, me hizo pruebas y me dijo que podía tener hijos. ¡Qué coño sabrá el médico, yo me quedé estéril con once años!

Tercera mujer: (Interrumpe. Incorporándose.) Tengo que decir que hay ciertos objetos con los que tengo una gran afinidad. Siempre me acompañan. Podemos decir que son mis objetos fetiche. No sé por qué casi todos son cortantes pero, ¿qué más utilidad puedes pedir a un objeto? Un buen corte a tiempo puede cambiar el estado de las cosas. Es alquimia, casi como el fuego. Aquí los tengo: (jugueteando con los objetos) un gran cuchillo, unas tijeras, cuchillas de afeitar (ríe). Ah, y mi peine. Tengo algo con el pelo, lo confieso: necesito que esté bien liso, si no no puedo salir de casa. Ah sí, y esta foto. No sé qué pinta esta foto aquí. Ni siquiera conozco a los soldados que aparecen en ella. Pero me resulta emocionante mirarla: ver esas caras jóvenes que pronto van a morir por las ideas de otro (a Primera mujer) ¿Quieres verla? (Primera mujer permanece con la mirada perdida) Vaya, si ya está muerta en vida. En fin, es una pena.

Segunda mujer: ¡Para! Te excluyo desde este mismo momento del conjunto de teorizaciones que estamos haciendo acerca de nuestra compañera.

Tercera mujer: Eres una blanda de mierda. Empatizando con ella no conseguirás llegar a su subconsciente. Sólo la violencia puede hacer que el interior aflore… en contra de lo que nos quieren hacer creer en nuestra querida civilización.

Segunda mujer: Acabaremos teniendo una desgracia las tres.

Tercera mujer: ¡No! (Retando a Segunda mujer con la mirada) Yo soy in-tocable, soy in-tocable, soy intocable, soy intocable, SOY INTOCABLE, SOY INTOCABLE, SOY INTOCABLE, SOY INTOCABLE… (gritando enérgicamente, acercándose cada vez más a Segunda mujer, hasta encontrarse con ella cuerpo a cuerpo. Segunda mujer se tapa los oídos y cierra los ojos; finalmente se levanta quitándose de encima a su compañera).

Primera mujer: ¡Parad por Dios! ¡Así no hay quien piense!

Segunda mujer: Es mejor que no pienses.

Primera mujer: Quiero recordar. Hay gente capaz de vivir en un recuerdo…

Tercera mujer: Sí, normalmente en psiquiátricos.

Primera mujer: …se obcecan en su pensamiento y ahí se quedan… y para qué pedir más… es maravilloso. Me quedaría viviendo en este recuerdo toda mi vida. Ojalá a mí alguien me recordara también.

Segunda mujer: Lo que yo decía: una verdadera escisión en el tiempo.

Tercera mujer: La única escisión del tiempo será su propia muerte. Lo mejor es que “casi muera” para ver si cambia de idea y olvida ya lo de la hermana.

Segunda mujer: (Con desprecio) ¡Cállate la puta boca!

(Silencio prolongado)

Primera mujer: (Canta) Por ti, yo buscaría la arena del mar… Por ti, yo sería capaz de matar… (Interrumpiéndose a sí misma) ¡Déjame hablar, joder! ¿Me quieres dejar hablar y así te cuento lo que me pasa? (Sigue cantando) Y que si te miento me castigue Dios…

Segunda mujer: (A Tercera mujer) ¿A qué te referías con eso de que “casi muera”?

Tercera mujer: Ya sabes, a veces la gente quiere llamar la atención, y se intenta matar… sólo un poquito. Yo misma lo hice una vez y aprendí mucho de la experiencia.

Segunda mujer: Eres una frívola.

Tercera mujer: Hipócrita.

(Primera mujer comienza a golpearse en la cara. Tercera mujer ríe compulsivamente. Sigue un silencio)

Segunda mujer: (Ensimismada) Fumo mucho… demasiado. Fumo para frotar el tiempo. A veces oigo la radio… oigo pasar la vida como quien oye la radio. Fumo mucho. Me parece tan mal lo que estás haciendo… (Se oyen las risas, crecientes, de Primera mujer. Risas oscuramente sarcásticas). Me parece muy mal lo que estás haciendo… Joder, esto que estamos haciendo no esta bien. ¡Lo que estamos haciendo no está bien! ¡Esto que estamos haciendo no está bien! ¡No está bien! (Muy agitada. Tercera mujer se acerca con ademán tranquilizador).

Tercera mujer: Tranquila… shhhh…tranquila… Cálmate. Ya está. Verás, voy a ir a buscar un poco más de té. Siéntate, que yo voy a buscar más té para las tres (sale).

Segunda mujer: (Se sienta. Vuelve al ensimismamiento) No puedo parar de fumar. Hay un montón de cucarachas delante de mí. Te digo que hay un millón de cucarachas fabricando el negro delante de mí. Y yo no sé qué hacer con el sentido del tacto. Fumo demasiado. En ese cenicero hay un montón de ideas, de voces… y yo tengo la boca llena de sangre…

Tercera mujer: (Entra con una bandeja, tres tazas y una tetera) Aquí traigo vuestros tés. Uno para ti, otro para mí, y éste querida…para ti. ¡Ay! Cómo son las cosas, ¿verdad? No somos más que una suerte de insectos insignificantes que trabajan laboriosamente día tras día. Y así, día tras día, morimos lentamente. (Risitas) A veces parece que hay amor, (risitas) pero eso es sólo un engaño de nuestro cerebro para no caer antes en la depresión y la miseria. ¡Qué triste es no poder elegir!

(Primera mujer se acerca la taza a la boca. Tercera mujer, que la mira de reojo, intenta aguantar la risa. Finalmente, estalla en una prolongada carcajada. Ríe compulsivamente).

Segunda mujer: Deja de reír. Cállate. ¡Deja de reír de una vez! ¡Eres absurda! ¿Se puede saber qué clase de idiotez te hace tanta gracia?

Tercera mujer: Nada (sigue riendo). Bueno… ¡la cara de pardilla que se te pondría si su té estuviera envenenado!

Segunda mujer: ¡No te bebas el té! Trae esa taza. (Coge la taza violentamente de las manos de Primera mujer. Mira en su interior. La deja sobre la mesa).

Tercera mujer: (Mientras sigue riendo compulsivamente) ¡Maldita hipócrita! Tú lo sabías, lo sabías desde el principio. (Imitando, burlona, la voz de Segunda mujer): “Vamos a tener una desgracia las tres, vamos a tener una desgracia las tres”. (Ríe) Menuda idiota estás hecha. Reconoce que lo deseas tanto como yo.

Segunda mujer: ¡Calla! ¡Estoy harta de todo ésto! Estoy harta de ti y harta de ésta maldita lisiada mental. Dejadme sola.

Tercera mujer: (Histriónica) ¡Eso es imposible! ¡Eso es imposible!… Bébete el té y calla de una vez .

Primera mujer: ¡Por favor! ¡Salid de mi cabeza las dos! No lo soporto más. Dejadme sola.

Segunda mujer: (Pensativa) Eso es imposible.

Primera mujer: (Entre sollozos) Por favor, dejadme sola. No lo soporto más. Marchaos de aquí las dos. Devuélveme mi té y largaos las dos.

Tercera mujer: (Divertida y cruel) Eso es imposible.

(Primera mujer coge la taza de Tercera mujer y comienza a beber. Suena El lamento de Dido. Tercera mujer vuelve a la posición inicial y se cepilla el pelo)

Tercera mujer: (Cada vez más bajo, hasta llegar al murmullo) Maldita idiota, estúpida… Maldita estúpida… Idiota… Idiota…

Primera mujer: (Bebiéndose el té) No me arrepiento de nada. No puedo arrepentirme. ¿Arrepentirme de qué? Cuando mis padres llegaron del hospital, lo único que recuerdo es que yo estaba en la calle esperando. Mi padre se bajó del taxi y me dio un abrazo muy fuerte. Me dijo “ Por favor, no me hagas esto nunca”. ¿Hacer qué? Yo no me puedo arrepentir de nada. Nunca olvidaré ese abrazo… Ojalá ese abrazo hubiera durado siempre… Ojalá yo siguiera siendo estéril…

(Primera mujer deja caer la taza al suelo. Se rompe. Negro)

Fin.

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